Manuel Rivas le tiene miedo al libro electrónico. No me sorprende. Yo también. Todo empezó hace años, en la escuela. Uno de mis compañeros de clase era precisamente un libro electrónico. Se pasaba el día haciéndome la vida imposible: me robaba los caramelos, me daba patadas en las canillas, me quitaba las novias, me hacía pensar en el argumento ontológico, me copiaba los exámenes, se comía mis deberes, tragaba helio para hablar con voz más aguda y demás bandideces que no voy a detallar. Pero lo peor llegó el día que me atacó en el recreo. Se plantó delante de mí y se puso a gritar como un loco “¡No tengo hojas, no tengo hojas! ¿Cómo se pasan las páginas?”. En ese momento comprendí el horror. Efectivamente, ¿cómo pasa las páginas un libro que no tiene hojas? Es una contradicción, una paradoja, una aporía, una imposibilidad absoluta. Lo que se me presentaba ante los ojos era uno de esos horrores primigenios que sólo se ven en las historias de Lovecraft o en las elecciones generales. Era el mal. Comprendí que el libro electrónico era un producto de Satanás, que descendía, por parte de madre, del mismísimo Caín. Apropiándose de un nombre bueno, glorioso, noble, santo, maravilloso, bueno, afable, tierno, compasivo, bueno, honrado, virtuoso, recto, bueno, justo, honesto, bonachón, bueno, servicial, benévolo, bienhechor, bueno, caritativo, humano, piadoso, bueno, sensible, comprensivo e indulgente –la palabra libro-, su fin último era negar todo eso y acabar con la cultura.
Huí horrorizado. Desde ese día tengo pesadillas.
En mis pesadillas, una horda de libros electrónicos asola la Tierra. Los impíos libros derriban todas las torres, acuchillan a todos los cultos, queman todos los papeles y se comen todos los boniatos (en mis pesadillas, los libros electrónicos comen boniatos). Un Las consolaciones de la filosofía persigue a sus equivalentes en papel y procede a arrancarles las letras usando un punto y coma oxidado. Un Moby Dick virtual se enfrenta a los leviatanes y aprovecha su opción de búsqueda para localizarlos y clavarles furiosas comillas. ¿Y qué puede hacer El Quijote ante un Bambi capaz de cambiar el tamaño de la letra? Nada. La pesadilla recurrente revela la verdad allí donde la mente nos traiciona. Uno pensaría que la posibilidad de hacer copias perfectas de cualquier libro y de poder enviarlas a cualquier parte del mundo para que sean leídos por personas que no tiene acceso a la cultura sería algo bueno. Pero nada más lejos de la realidad. Ese tipo de pensamiento es el que yo llamo “lógica” y es totalmente falso. Si aplicásemos la lógica, nadie pasaría hambre en el mundo, a nadie le faltarían los cuidado médicos y Héroes habría sido cancelada tras el primer episodio. Sería un buen mundo, pero no sería un mundo para primates orgullosos de serlo.

Porque lo que está en juego no es el acceso a la cultura. Eso no importa a nadie, porque los cultos ya sabemos acceder a la cultura y compartirla con los demás no tiene mayor interés. No, lo importante es la supervivencia última de una civilización. La nuestra (sí, mira bien, la que te tiene a ti arriba). Él dice que una ciudad sólo existe cuando hay media docena de buenas librerías. Yo no soy tan radical –creo que con tres buenas librerías, dos puestos de helados y un buen salón de belleza para despiojarse ya tiene uno una ciudad bastante apañada- pero sí es verdad que Ur, la Roma clásica o la Atenas de Pericles ni siquiera existían. Esas pobres almas maltrechas no entendían el placer de leer a Dan Brown en papel (si creen que El código da Vinci es malo, deberían probar a leerlo en epub). Esas pobres almas vagaron por el mundo creyendo vivir en una ciudad sin comprender que la ausencia de librerías les condenaba al más abyecto círculo del infierno, aquel en el que haces cola en la caja de un supermercado durante toda la eternidad mientras la megafonía te va detallando las ofertas del día y te recuerda que hoy el bacalao viene con un portátil de regalo.
Tal es a fin de cuentas el problemas. Leer en digital no es leer. Es otra cosa. Es enfrentarse al horro vacui. El libro electrónico absorberá poco a poco tu alma. Te robará la personalidad. Te descongelará la nevera. Te borrará aquel recuerdo agradable de infancia de cuando miraste por primera vez un globo robo. Destruirá el sabor del helado de fresa. Con el libro electrónico, la tele sólo emitirá continuas reposiciones de Operación Triunfo. El libro electrónico te provocará la insistente sensación de haberte olvidado la cartera. Si lees un libro electrónico, ya no podrás escapar a su fascinación. Desde ese momento, tu pelo se volverá gris, el chorizo te sabrá a gominolas de atún, y compadecerás a los que sólo leen en papel.
Pero seremos nosotros los que nos compadeceremos de ti. Creerás haber comprendido las Analectas de Confucio –después de haber dedicado horas a su estudio y reflexión empleando tu Kindle- pero no será verdad. Si no lo has leído en papel, no habrás leído, y si crees haber entendido, es que te engañas a ti mismo.
Ya está.

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¿globo robo?, ¿rojo?, ¿roto?, ¿rabo?, ¿bobo?, ¿lobo?…
I dont disagree with you..