Un año más, el cliché que mejor se ha comportado ha sido “En EEUU se valora el fracaso y en España nos gusta ser funcionarios”, tal y como quedó demostrado en el último EBE, que es tradicionalmente el lugar para determinar las tendencias y novedades en este campo. Con un rendimiento asombroso, este cliché ha ofrecido grandes beneficios –así como coartadas morales- a todos los que lo adquirieron ya en 1999, superando año tras año las expectativas y alcanzando índices cada vez mayores. Parte de su éxito se explica al ser prácticamente de obligado uso por parte de todo emprendedor en ciernes junto con “en este país no se me valora como merezco” (habitualmente expresado en tercera persona) y “hermano, ¿tienes suelto para una inversión?”.

De hecho, su rendimiento es tan impresionante que no se puede prever que deje de tener valor en el futuro próximo y la previsiones a años vista son muy buenas. Es el cliché dominante e incluso su eterno contrincante, “El doblaje en España es el mejor del mundo”, le sigue a mucha distancia.

En cuanto a clichés en ciernes, “La blogosfera no existe y a ti te encontré en la calle” parece ir ganando tímidas posiciones, aunque su avance resulta lento. Es más, hay indicios de que su propio creador podría haberlo sustituido por “Que la blogosfera no existiese antes no quiere decir que no exista ahora, y a ti te encontré en la calle”. Por desgracia, es posible que la complejidad lógica de esta última formulación –e innegablemente para entenderla hay pensar; poco, pero hay que pensar- le reste mucho impulso.

Sin embargo, el gran cliché en cierne es claramente “Nativo digital”, entrando en la atestada categoría de “Conceptos hueros que ni siquiera llegan al nivel de metáforas”, acompañando a clásicos como “Web 2.0″, “la conversación”, “cancamusa”, “autopista de la información” o “ciberespacio”. Nuestra apuesta es que “Nativo digital” será uno de los clichés que más crezcan durante 2010, y si uno sabe posicionarse desde el principio será posible obtener grandes y rápidos beneficios. Cuenta como punto a favor su gran versatilidad producto de su indefinición casi total. Por ejemplo, vale tanto como insulto, “Lo que pasa es que tú no eres un nativo digital”, como para un insulto, “Lo que pasa es tú eres un nativo digital”. Es más, podría llegar a alcanzar la posición de un término como “friki” que ha derivado hacia el significado de “Todo el que haga algo que a mí me resulte raro”, es decir, básicamente la humanidad menos uno.

Debemos recordar, finalmente, a esos clichés prometedores del pasado y que no llegaron a nada. En primer lugar, “Yo estuve allí y a ti no te vi”, posiblemente porque nadie tuvo el valor, o la cara dura, de repetirlo en serio. Y luego, “Yo no soy blogger, soy escritor, y por tanto un ser superior”. El caso de este último cliché es más sorprendente, en la medida es que todos estamos totalmente de acuerdo con él, pero aparentemente nadie se atreve –por razones desconocidas- a decirlo en público.

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Sí, yo estaba allí. Fue hace tanto tiempo, aunque parece que sólo han pasado cinco años. La Tierra todavía se estaba solidificando y la superficie era un poco pegajosa. Ibas caminando de un lado a otro y al final acababas con la planta de los pies cubierta con una capita de lava caliente. Todo apenas había empezado. Yo incluso tenía el charco primordial a dos metros de mi casa. De vez en cuando me llegaba hasta él y lo miraba durante un rato, preguntándome –tampoco es que tuviese otra cosa que hacer- cuándo iba a surgir algo de allí. También tenía un poco de miedo de que alguien llegase de otro momento, metiese la mano y se lo cargase, pero eso no pasó nunca.

Mis amigos Zrhrz y pitiP estaban conmigo cuando nació Firefox. Poco antes habíamos visto cómo se alzaba la cordillera TCP. Probablemente el proceso llevase algunas eras geológicas, pero a nosotros nos pareció que sucedía en simples minutos. Por casualidad mirábamos en esa dirección. Nos había prendado el espectáculo de las estrellas encendiéndose y formando bonitos dibujos en el cielo. Jugábamos a intentar adivinar qué constelación formarían al final cuando sólo había tres o cuatro (fue cuando Zrhrz inventó el coleccionismo de estrellas, pero ésa es otra historia). De pronto, oímos un estruendo tremendo, bajamos la vista y así lo vimos: la superficie de la Tierra, que burbujeaba un poco de lo caliente que estaba todavía, empezó a arrugarse. Al principio resultó difícil de ver, pero pronto quedó muy claro. El abultamiento del suelo –como una larguísima vena que de pronto estuviese sobresaliendo- fue creciendo y creciendo. Se soltó, rompió el aire y llegó a rozar el cielo. Y listo, allí estaban las montañas TCP.

Días después se me inundó la casa. Tuve que mover todos los muebles del salón, aunque la mesita de noche ya no volvió a ser la misma de mojada que quedó. Zrhrz y pitiP se pasaron por mi casa y me contaron que a ellos les había pasado lo mismo. Rápidamente comprendimos que aquello era una corriente de agua, un flujo continuo que llegaba desde algún lugar. Al instante decidimos remontarlo. El capó de un coche nos sirvió para hacernos una lancha bastante apañada y nos pusimos en marcha. Nos llevó varios días. Como nos habíamos ido sin pensar, tuvimos que vivir de lo que pudiésemos cazar, lo que resultaba difícil porque todavía no había animales ni nada. Al final, pitiP consiguió cazar un gopher –no sin que antes el bicho le mordiese en un pie y le dejase una fea herida que tuvimos que curar con un poco de mercromina que Zrhrz encontró en un bolsillo interior de su chaqueta- y nos lo comimos. Ahora la verdad es que lo lamento, porque creo que conseguimos extinguir a la especie.

Pues eso, tras largos días de viaje, para nuestra sorpresa nos encontramos de nuevo en la cordillera TCP. Y allí estaba el origen de todo: la catarata IP de la que nacía el río del mismo nombre. Era una masa ingente de datos que caía en forma de agua, gotita a gotita formando un torrente demencial. Yo nunca había visto algo así, probablemente porque nunca había habido cataratas en el mundo. Aquello no sólo parecía enorme sino también imparable. Iba a tener que trasladar mi casa… o al menos el salón.

catarata

Pero me desvío del tema. La vida antes de que naciese Firefox. Horrible era, debo decirlo, primitiva. Al principio, nos lo teníamos que hacer todo a mano. Tú querías ir a la web y tenías que ir juntado piezas hasta que obtenías lo que querías. Nos paseábamos de una casa a la otra, pidiendo un “td” o un “i”, a ver si los amigos tenían alguno de sobra. Zrhrz siempre le tuvo mucho cariño a los “ul” y los acumulaba sin hacer nada con ellos. Era casi imposible que te diese uno, aunque ofrecerle un “img” -que al principio eran muy escasos, tanto que algunos negaban que existiesen- casi siempre funcionaba. Incluso la url te la tenías que hacer a mano. Pero debías tener mucho cuidado, porque si la hacías demasiado larga acababas rozando la luna –que en aquella época estaba más cerca- y te caía en la cabeza una rociada de polvo lunar. No te imaginas la de duchas que hacían falta para quitarse aquello de encima.

Poco antes de que naciese Firefox, la cosa había mejorado un poco. Podías escribir tus peticiones en un papel y enviarlas a una empresa llamada Mega –en aquella época los números tampoco eran muy grandes- para ser procesadas. Con suerte, cinco o seis semanas después recibías en tu casa la página que querías ver. Sí, lo sé, para un joven de hoy –con vuestros teléfonos inteligentes, vuestros twitteres y demás- es difícil imaginar esa época. Pues había cosas todavía más extrañas y enfermizas de las que no te he hablado. Por ejemplo, uno de los peligros de la internet –que no se llamaba así- de la época era que te atacase un enjambre de gifs transparentes de un píxel por un píxel. Deshacerse de ellos costó mucho esfuerzo y muchas vidas.

Pero a lo que iba. Yo estaba allí cuando nació Firefox. La verdad sobre lo sucedido es muy simple: se cansó de no existir y dijo “Hasta aquí hemos llegado”. Y zas, se plantó delante de nosotros, trayéndonos todo lo bueno, perfecto él. Bueno, no tan perfecto, porque la verdad es que el pobre no hacía nada demasiado bien. En realidad, para casi todas las tareas precisaba ayuda para que las hiciese realmente bien. Pero nunca tuvo reparos en pedir extensiones y siempre ofreció todo tipo de facilidades. Y la gente, claro, que quería algo mejor, estuvo más que dispuesta a ayudar. Por ejemplo, alguien le hizo una extensión para manejar pestañas, con lo que ganó mucho, porque al principio apenas podía parpadear.

Le dimos regalos. Yo le llevé un cambio de nombre, porque el que él había pensado no molaba. Zrhrz le regaló un icono nuevo. Y pitiP perfume o algo, porque siempre tuvo problemas para saber qué regalar en días señalados. Luego nos quedamos los cuatro mirándonos los unos a los otros sin saber qué hacer. Se me ocurrió una idea. Yo había traído mi deportivo Chrome y propuse ir a correr un rato. Nos subimos, enfilamos la gran autopista –totalmente vacía en aquella época- y recorrimos muchos kilómetros aquel primer día que nació Firefox.

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